
Hay una pregunta que aparece en casi todas las primeras llamadas que recibimos en Lloret y que revela cómo se piensa mal este trabajo: cuánta gente vais a traer. La respuesta honesta suele decepcionar, porque en un edificio de alojamiento la cantidad de operarios deja de ser la variable importante a partir de un número muy bajo. Lo que decide las jornadas es un aparato que casi nadie mira antes de firmar: el montacargas.
Un almacén se vacía a lo ancho. Un hotel se vacía en vertical, y todo lo que sale del edificio pasa por un embudo. Si ese embudo es una cabina corta, con una puerta de ochenta centímetros y una carga limitada, da igual que haya veinte personas trabajando arriba: abajo solo va a llegar lo que quepa en cada viaje, y cada viaje tiene una duración fija que no se puede acelerar. Por eso, cuando visitamos un establecimiento, lo primero que fotografiamos no es la habitación tipo: es la placa de características del montacargas y el hueco de puerta.
Qué se mide antes de dar un número
De esa placa y de un metro salen las cinco cifras que gobiernan el encargo. La carga máxima admisible, que determina cuántos colchones o cuántas mesillas caben por viaje. Las dimensiones interiores de cabina, que deciden si un somier de metro cincuenta entra de pie, en diagonal o directamente no entra y hay que desmontarlo o trocearlo. El ancho libre de puerta, que suele ser más restrictivo que la propia cabina. El recorrido, es decir, cuántas plantas sirve y si llega al nivel de calle o deja el material en un sótano desde el que hay que subir otra vez. Y el tiempo de ciclo completo, que se cronometra: cargar, bajar, descargar, subir vacío. Multiplicando ese ciclo por los viajes estimados aparece el número real de jornadas, y ese número casi nunca coincide con el que se calcularía por metros cuadrados.
Cuando el edificio tiene dos aparatos, la conversación cambia y mejora: se reserva uno para los industriales de la reforma y otro para la evacuación, y el trabajo deja de estorbar. Cuando solo hay uno, hay que repartirlo por franjas horarias acordadas con la dirección de obra, y ese acuerdo debe existir antes de la primera jornada, no negociarse el martes por la mañana con dos gremios enfadados en el rellano.
Preclasificar dentro de la unidad, no abajo
La segunda decisión que multiplica el rendimiento es dónde se separa el material. Lo intuitivo es vaciar habitaciones enteras, bajarlo todo revuelto y clasificar en el patio o junto al contenedor. Es exactamente lo contrario de lo que conviene. Bajar mezclado obliga a tocar cada pieza dos veces y convierte el punto de acopio en un cuello de botella nuevo, con el añadido de que el material se golpea y pierde el valor que tenía.
Nosotros trabajamos al revés. Dentro de la propia unidad se separa: mobiliario de madera por un lado, colchonería por otro, textil y cortinaje aparte, aparatos eléctricos aparte, metal aparte. Cada viaje del montacargas baja una sola corriente, ya identificada, y abajo va directa a su contenedor o a su camión sin manipulación intermedia. Suena a detalle organizativo menor y es la diferencia entre terminar una planta en una jornada o en dos.
El orden de las plantas no es arbitrario
Se puede empezar por arriba o por abajo, y la elección no es cuestión de gusto. Empezar por la planta superior tiene la ventaja de que las plantas inferiores siguen limpias mientras se trabaja y se puede usar la escalera como vía alternativa de bajada para lo ligero. Empezar por abajo tiene sentido cuando la reforma va a arrancar por la planta baja y las zonas comunes, que es lo habitual cuando hay recepción, salón y comedor que rehacer.
En los edificios que se reforman por fases hay una tercera regla, y es la más importante de todas: las plantas ya terminadas no se cruzan. Ni con material, ni con carro, ni de paso. Se acotan físicamente, se señaliza la ruta autorizada y se protege todo el recorrido que sí se usa. Una moqueta nueva manchada, un marco de puerta golpeado o una barandilla rayada cuestan mucho más caro que media jornada de camión, y además generan un conflicto con la dirección facultativa que arrastra el resto del trabajo.
Protecciones: lo que se forra antes de tocar nada
Antes de sacar el primer bulto se forra el interior del montacargas, se protegen las jambas de las puertas que se van a usar, las esquinas de pasillo, las barandillas de escalera y el pavimento del recorrido completo hasta la salida. Si hay tramos de escalera implicados, se cubren los peldaños y el pasamanos. Y se marca con señalización simple por dónde baja el material y por dónde no. Es media hora de trabajo el primer día que evita discusiones durante toda la intervención.
Cuando el montacargas no da: la fachada
En algunos edificios, sobre todo los que tienen cabinas muy pequeñas, la parte voluminosa no puede bajar por dentro en un plazo razonable. Ahí se plantea la evacuación por fachada con plataforma elevadora o por ventanal, siempre que la calle permita estacionar el equipo, que haya permiso de ocupación de vía pública y que se pueda acotar la zona de caída con seguridad. No es una solución universal ni barata, pero en un bloque de seis plantas con un montacargas corto puede recortar días enteros. Se decide en la visita, comprobando el vial, la altura y la existencia de tendidos o de arbolado que estorben.
Dónde termina el vaciado y dónde empieza la obra
Vaciar y demoler son dos oficios distintos, y repartirlos bien en la primera llamada es lo que permite que cada especialista entre en su semana. Lo nuestro es el contenido: retiramos mobiliario y equipamiento, desmontamos instalaciones cuando así está acordado, sacamos los anclajes que quedan a la vista y dejamos los pasos tapados. La tabiquería, la estructura y el derribo interior son capítulo de la constructora, que trabaja después con el edificio ya despejado. El fibrocemento lo retira una empresa inscrita en el RERA, con su plan de trabajo aprobado, y se programa por delante para que su presencia no condicione el resto del calendario.
Con el gas refrigerante ocurre lo mismo: los equipos de aire y de frío se inventarían en la visita y un técnico habilitado recupera el refrigerante y emite su documento, de modo que los aparatos salen del edificio ya vacíos y por la vía de aparatos eléctricos. Ordenar esa secuencia desde el principio es tan determinante para la fecha de apertura como el propio ritmo del montacargas.